Entrevista: Stavroz

Desde su formación en 2011, la formación belga Stavroz ha construido una posición singular dentro de la electrónica europea a partir del desarrollo de un lenguaje donde la cultura de club dialoga con la instrumentación en vivo, con una atención minuciosa en el detalle tímbrico.

Más que perseguir la inmediatez de la pista, su música propone profundidad, recorrido y una escucha que se despliega en capas. A lo largo de su trayectoria, el grupo ha ampliado su paleta sonora sin perder identidad, integrando percusión, melodía y textura en un equilibrio que conecta el pulso de los ritmos más bailables con una sensibilidad de tintes casi cinematográficos. En Take a Seat, su trabajo más reciente, esa búsqueda se reafirma a través de composiciones que invitan a detenerse y a observar cómo el tiempo opera dentro del sonido.

Con fechas previstas en Madrid (Sala Mon, 19 febrero) y Barcelona (La Paloma, 20 febrero), hablamos con Stavroz sobre proceso creativo, herencia de la escena DJ y la manera en que su propuesta sigue redefiniendo la relación entre electrónica y experiencia en directo. De ese equilibrio entre trayectoria, presente y transformación nace esta conversación.

Stavroz ha construido un universo sonoro donde conviven electrónica, instrumentación acústica y texturas ambientales. Cuando comenzáis un tema, ¿cómo decidís qué sonidos deben ser electrónicos y cuáles conservar ese carácter más orgánico, casi accidental?

Trabajamos, ante todo, desde la intuición. No solemos decidir de antemano si un sonido debe ser electrónico o acústico, y esa frontera nos interesa precisamente porque puede desplazarse. A veces registramos instrumentos orgánicos y los transformamos hasta que adquieren una cualidad casi sintética; en otras ocasiones, empujamos fuentes tradicionales hacia territorios menos reconocibles. En ese movimiento aparecen matices que no estaban previstos. Por eso, buscamos, sobre todo, que el resultado nos sorprenda incluso a nosotros mismos.

En Take a Seat se percibe un sentido muy claro de viaje y de pausa. ¿Cómo construís esa atmósfera de movimiento y contemplación para que llegue al oyente, tanto en casa como en directo?

Con Take a Seat queríamos que el oyente percibiera un recorrido, una respiración interna que permitiera alternar impulso y reposo. Entendemos el álbum como una experiencia continua más que como una colección de piezas, y muchas de esas pausas surgen porque la música las reclama, no necesariamente porque hayan sido planificadas. Así, en directo esos espacios son esenciales porquew abren la puerta a la improvisación y, al mismo tiempo, a una conexión más profunda con quienes están delante.

La colaboración entre los cuatro es el núcleo de Stavroz. ¿Podríais contarnos el trasfondo musical de cada miembro y cómo esas trayectorias distintas moldean el sonido del grupo?

La diversidad de trayectorias es fundamental. Gert e IJsbrand vienen del universo de la electrónica y del clubbing; Maxim tiene una formación más ligada al punk y al rock; Pieter procede del folk y el blues. Esa mezcla genera tensiones productivas, a veces incluso inconscientes, que terminan definiendo nuestro lenguaje. La interacción constante entre esas miradas es una parte central de lo que somos como banda.

Algunos procedéis del mundo del DJ y clubbing «puro». En ese contexto, ¿cómo observáis la escena actual de clubs y festivales? ¿Ha cambiado la forma de entender el papel del DJ frente al enfoque en vivo que proponéis con Stavroz?

La figura del DJ ha cambiado enormemente en los últimos años, produciéndose una cierta elevación del rol, donde la visibilidad y la dimensión mediática pesan tanto como la propuesta musical. Eso ha reducido en parte el espacio para el riesgo, algo que históricamente encontraba refugio en los clubs. Aun así, la electrónica siempre encuentra vías para reinventarse, y ese impulso de transformación sigue presente, manteniendo la escena viva.

Vuestra música oscila entre precisión y fluidez; entre estructura e improvisación. ¿Qué lugar ocupan los accidentes felices y los experimentos inesperados dentro del proceso creativo?

Tienen un papel decisivo, pues te permiten trabajar durante horas sin llegar a ningún lugar claro y, de repente, un pequeño desplazamiento altera por completo la percepción del tema. Esos momentos, tanto en el estudio como en el escenario, impiden que la música se vuelva rígida. La improvisación introduce fragilidad, y en esa fragilidad aparece también la vida.

Muchas piezas transmiten la sensación de atravesar un paisaje en movimiento. Si Take a Seat pudiera traducirse en un espacio físico, ¿cómo sería ese lugar y qué emociones despertaría?

Nos interesa que la música funcione como un dispositivo de desplazamiento. Puede sugerir un desierto, el mar o un territorio completamente imaginario, dependiendo la forma concreta de quien escucha. Si logramos abrir ese espacio mental y provocar una emoción, sentimos que la pieza ha encontrado su sentido.

Esta semana actuaréis en Madrid (19 de febrero) y Barcelona (20 de febrero). ¿Habéis tocado antes en España? ¿Qué recuerdos guardáis y qué esperáis del público en estas fechas?

Hemos estado varias veces en España y el recuerdo es siempre muy positivo. Existe una cercanía particular, una energía que facilita el intercambio y transforma el concierto en algo compartido. Volver ahora significa presentar un nuevo capítulo de nuestra música ante un público con el que ya existe un vínculo previo, y eso siempre es estimulante.

A lo largo de vuestra trayectoria habéis equilibrado electrónica, percusión y melodía atmosférica. Mirando hacia adelante, ¿qué territorios sonoros os interesa explorar ahora?

Preferimos mantenernos en una posición de apertura. El sonido puede aparecer en cualquier parte, en gestos cotidianos que normalmente pasan desapercibidos. Además, escuchar con atención implica aceptar que el próximo territorio todavía no tiene nombre, y es preciesamente curiosidad es el motor que nos empuja a seguir.

Por último, si Take a Seat fuese un manifiesto, ¿qué idea central definiría el momento actual de Stavroz?

Si el disco pudiera leerse como una declaración, sería una invitación a modificar la relación con el tiempo y con la escucha. Pensamos el álbum como un trayecto completo, de principio a fin, un lugar donde la percepción puede expandirse. Por eso, en este momento, Stavroz trata de construir marcos emocionales en los que sea posible moverse, detenerse y dejar que la imaginación haga su trabajo.