
El sello madrileño Organic Signs incorpora a su catálogo el debut de Geoglyph, el proyecto compartido de Alohn y Khey Mysterio, quienes presentan un trabajo en el que el diseño de sonido pesa más que el gesto y la tensión se convierte en la verdadera narrativa del disco.
Geoglyph es el proyecto que une a dos pesos pesados de la vanguardia de la electrónica de baile actual (Alohn y Khey Mysterio) en un formato que, más que colaboración puntual, funciona como reformulación de sus métodos. El álbum, de próxima edición en Organic Signs, está planteado como un cuerpo continuo de seis tracks donde la prioridad no es el impacto inmediato sino la construcción de un entorno sonoro estable, profundo y en permanente desplazamiento.
Por eso, aquí el protagonismo recae en el trabajo de frecuencias bajas y en cómo estas organizan el resto de elementos; en cómo el grave no se limita a sostener, sino que delimita el espacio, marca recorridos y obliga a que cada textura encuentre su posición dentro de una mezcla que respira amplitud incluso en los pasajes más densos. Es decir: complejidad administrada con cabeza.

Así, cuando la guitarra de Alohn aparece, lo hace como interferencia orgánica dentro de esa arquitectura: no busca melodía reconocible ni protagonismo frontal, y más bien introduce corrientes y tensiones que atraviesan el plano rítmico, y que en muchos momentos terminan convertidas en pura materia tímbrica. Esa ambigüedad funciona especialmente bien cuando dialoga con las estructuras de Mysterio, siempre enfocadas a los detalles microscópicos, a veces casi imperceptibles, de su groove. Podemos rastrear conexiones con el dub psicodélico, con cierta tradición del dub-techno e incluso con mutaciones contemporáneas del dubstep, pero aun así, se evita la cita fácil. No hay guiños evidentes ni nostalgia de género, y lo que importa es el comportamiento del sonido dentro del sistema que el propio álbum propone.
Uno de los aciertos principales está en la gestión de la energía. Geoglyph rara vez ofrece liberaciones claras, prefiriendo siempre mantener un estado de presión sostenida que, en contextos de club, puede resultar mucho más eficaz que cualquier subida o drop previsible. Estamos ante un sonido que pide tiempo y DJs dispuestos a trabajar transiciones largas, no fórmulas preestablecidas ni juegos de ejecución rápida. Por eso, cuando el tramo final empuja un poco más el acelerador, lo hace sin traicionar esa lógica; y la apertura llega por decantación, como resultado natural de todo lo anterior, y deja tras de sí una sensación de recorrido completado más que de clímax celebrado.
El debut del dúo es, en definitiva, un artefacto serio, concentrado y muy consciente de su función; exigente para quien escucha, agradecido para quien sabe leer este tipo de narrativa larga. Pulso, arquitectura y paciencia. Y lo demás, sobra.



