
«Burning Song», el primer álbum de composiciones en solitario de Malone desde «All Life Long» (publicado a principios de 2024), marca un giro en su estrategia compositiva hacia un proceso más intuitivo y directo.
La música de Kali Malone le recuerda al oyente que el espectáculo se siente en el pecho. Su carácter de otro mundo —manifestado en su escala, su duración y su presentación en espacios definidos por una estética de la trascendencia— despierta sentimientos íntimos de asombro y revelación. Es un espacio donde el sonido puede abrir la puerta a un estado de reflexión y a una ternura inquebrantable. Aun así, la creación de esta música —y la experiencia que la propia Malone vive al interpretarla— se caracteriza por la concentración y el rigor; por el apego a estructuras que dictan retornos cíclicos y por el trabajo minucioso de exploración de la armonía microtonal. Pese a su grandiosidad, su música es, en esencia, elemental: nace del sudor, de la concentración, de la fisicidad de los tubos que vibran al paso del aire y del deseo de compartir la intensidad emocional que se enciende con cada cambio tonal.
La emoción prevalece sobre las estructuras rígidas, y cada pieza se desarrolla de forma lineal, conectada con las demás mediante sutiles tonos de transición. El álbum fue grabado en la histórica Thomaskirche de Leipzig (Alemania), donde J. S. Bach ejerció como cantor durante los últimos 27 años de su vida; sus restos descansan bajo el santuario. Malone es la primera música en interpretar obras contemporáneas en el «Órgano de Bach» de esta iglesia, un instrumento terminado en el año 2000 que cuenta con sistemas de afinación y temperamento diseñados a medida, basados en los estándares históricos del periodo barroco. La acompañan Lucy Railton al violonchelo y Stephen O’Malley a la guitarra acústica tocada con arco; se trata del mismo trío que forjó una conexión profunda —basada en la escucha atenta— durante el desarrollo de la obra de Malone «Does Spring Hide Its Joy». La grabación tuvo lugar a lo largo de dos noches de agosto de 2025; el ingeniero Francesco Donadello dispuso más de 20 micrófonos por toda la sala y muy cerca de los instrumentos, permitiendo que el oyente se sitúe dentro de la música a medida que esta inunda el histórico recinto.

Un acorde sigue a otro, en una sucesión pausada, emergiendo como piedras de diversas formas y matices a lo largo de un sendero sinuoso. El trío se desplaza al unísono, paso a paso, a través de pasajes que oscilan entre la ambigüedad y el resplandor; por momentos, el tono se vuelve triunfal a medida que las notas ascienden hacia el registro superior del órgano. Al prescindir de la forma canónica —que ha predominado en gran parte de su obra para este instrumento—, surge una clara sensación de libertad; esto permite que las piezas se desplieguen con mayor gradualidad y se expresen con una elocuencia inusitada. A pesar de tener, literalmente bajo sus pies, la huella de uno de los compositores más canonizados y analizados de la historia, Malone sintió cómo se disipaba el peso de la tradición, dejando que una naturalidad espontánea guiara el fluir de la música. La autora se asegura de no prolongar las narrativas de cada pieza más allá de su cierre natural, dando lugar a un ciclo de composiciones relativamente compacto.
La primera mitad de Burning Song fue un encargo para la Bienal de Música de Venecia de 2023 y se presentó en la iglesia de San Pietro di Castello, un espacio de una ornamentación extraordinaria. El germen de estas piezas surgió en un piano situado tras el escenario del Bozar, en Bruselas, tras una actuación electrónica en solitario, cuando el público y el personal ya se habían marchado. Era la primera vez, desde su infancia, que Malone utilizaba el piano como herramienta de composición, abriendo así una puerta hacia su «yo» más joven. Las tres últimas piezas del álbum fueron compuestas con rapidez durante el mes previo a la sesión de grabación en 2025; sus progresiones majestuosas surgieron en su imaginación con una sensación de naturalidad e inevitabilidad, suspendidas en ese instante previo a la comprensión, allí donde reside la revelación. La pieza final, «My Eve My Dawn», encarna una visión clara de este proceso: al poner de relieve la cohesión entre finales y comienzos, transita por pasajes de tristeza y alegría, donde las notas de enlace aportan una sensación de continuidad y, por ende, de aceptación.
La metáfora de la combustión encierra dos significados. El fuego se desplaza de un modo que parece intuitivo: cambia de forma a cada instante y se manifiesta con una insistencia implacable. En este contexto, Malone pasa de aprovechar la belleza fractal de las matemáticas a deleitarse en el impacto de las emociones, de la intuición —o la capacidad de anticipación— y de algo más indefinido que surge desde el interior. Pero arder es un proceso de cambio en el que la transformación se propaga desde un punto central, consumiendo con rapidez todo lo que encuentra a su paso. La libertad que se halla en el proceso de composición y materialización de Burning Song abre innumerables puertas a nuevas posibilidades. En la fertilidad de las cenizas brota aquello que está por venir.




