Dioses del techno: Aphex Twin

Como el ave fénix vuelve Dioses del techno, y lo hace con una columna dedicada a Richard D. James. Es el dios del techno que más nos hace reír, más nos irrita y más nos pone de los nervios. Es, en fin, el puto amo.

Después de muchos años, todavía no hemos llegado a saber quién es en realidad Richard D. James. Es más escurridizo que una anguila, más esquivo que un futbolista a la hora de rendir cuentas a Hacienda, y su vida está más envuelta en misterio, leyendas, falsas verdades, mitos prefabricados y lo que de un tiempo a esta parte se conoce como invents que no de certezas verificables tras una tenaz investigación de detective. El hombre más conocido como Aphex Twin es, en definitiva, un arsenal de momentazos que, si los quisiéramos resumir aquí, nos empezarían a consumir más líneas que Frank Sinatra en sus gloriosos días del tabique de platino. Intentémoslo de todos modos. Esto, ya lo verán, no es tanto un retrato de Aphex Twin como un apéndice del grandioso libro de Robert Graves sobre los mitos griegos, porque Aphex es divinidad incontestable, un Zeus en el Olimpo de la música electrónica.

Mitos, decíamos. Richard tiene un tanque en el jardín de su casa, se lo compró con una pasta gansa que le pagaron y le sirve para meterse dentro y simular que dispara torpedos. Otra leyenda similar es la que explica que un día, por puro capricho, se compró un submarino. Cuando la gente tiene dinero se compra cosas, yates, coches, casas, diamantes, libros firmados por James Joyce –como Joaquín Sabina, un dato irrelevante pero que aportamos aquí–, ropa cara, cenas, viajes, ganaderías, pero Richard D. James se compra vehículos impracticables y objetos freaks, porque le divierten y tiene tanta pasta que no sabe en qué emplearla. Se rumorea que su fortuna y su vida holgada le vienen de una inversión que hizo de joven y que ha resultado ser muy rentable: le vendió los derechos de un tema suyo (The Garden of Linmiri, que firmó como Caustic Window) a la marca de neumáticos Pirelli, que filmó un anuncio de televisión en el que salía corriendo Carl Lewis, el Hijo del Viento, un Hermes negro con el tobillo alado, y la morterada que le soltaron se la gastó en comprar un edificio entero en la zona de Elephant & Castle, en la orilla sur del Támesis, y desde entonces vive de los arriendos de cada piso. Se dice también que desde la ventana de su apartamento, que daba a las inmediaciones del club Ministry of Sound, se divertía lanzando globos llenos de agua a los clubbers que hacían cola para entrar. Cabe decir que Richard D. James fuma más porros que un rastafari, y por eso tiene tendencia a la risa floja.

Aphex Twin tiene mucha música de risa, para qué negarlo. Melodías que solo se le ocurrirían a alguien con especial predisposición a la escatología –en la acepción de la palabra que se refiere a los excrementos, y no al fin del mundo–, y ritmos más enrevesados que el diseño de una bota de las legiones romanas, además de una tendencia insana a decorar cada track con sonidos que imitan la regurgitación de la comida, una ventosidad de una aerofagia incontrolable o un regüeldo, que es una palabra que aprendimos leyendo a Cervantes y que suena igual que lo que identifica. Lo normal es que, quien se enfrenta por primera vez a Aphex Twin y entra por la puerta equivocada, salga de ahí con la cabeza a punto de explotar. No hay un productor «de baile» (aquí suenan unas risas enlatada) con más tendencia a hacer el cafre, a construir los patrones rítmicos como si fueran una cinta de Moebius, a delinear las melodías como si fueran líneas rectas dibujadas por Michael J. Fox en pleno ataque de Parkinson, y aunque tiene cosas más bonitas que un atardecer en Santorini, también despliega un repertorio borde que hace que solo de imaginarlo ya se te produzcan malformaciones en el córtex.

Ejemplos. Cada vez que lo hemos visto en un festival, el tipo ha venido con dos intenciones: la primera, cobrar cuanto antes y que aquello pase pronto, porque no hay persona más asocial en el mundo ni nadie que encaje menos en el comportamiento gregario estándar, y la segunda, trolear al público todo lo posible, porque él es mucho de la schaudenfreude, el alegrarse con la desgracia ajena, que es cosa, en general, propia de gente sádica. Hay veces que esa burla a la masa se hace por vías convencionales, como cuando en el Primavera Sound de 2017 acompañó su sesión con proyecciones de freaks diversos de la cultura thrash española –Carmen de Mairena, Carlos Jesús, Cárdenas– en los que los rostros parecían decorados como con piezas de Mr. Potato, pero hay otras que son más expeditivas y se basan en la idea de que para dejar su huella en la memoria de los clubbers, lo que tiene que hacer es abrir las puertas del infierno. Cada vez que ha pinchado en Sónar, ha acabado con ráfagas de ruido un poco más amables que las que escupe Merzbow en sus conciertos –o sea, justo por debajo del umbral del dolor–, y hubo una actuación suya en particular, en el festival de Monegros –edición de invierno– que todavía recordamos cuando se ponen en marcha nuestros intestinos. Llegó Richard D. James con su novia de entonces, una muchacha anónima casi tan freak como él, embarazada, y esperó pacientemente su turno para actuar en una escalinata lateral del escenario. Bajo el brazo llevaba un ordenador pequeño que más parecía una calculadora que un laptop. Cuando empezó, abrió aquella tartana, empezó a soltar ficheros en mp3 a cada cual más salvaje, mientras su novia se agazapaba bajo la mesa con el bombo más hinchado y retumbante que el de Manolo, y al cabo de dos horas cerró el ordenador, se fue a cobrar y se piró. Lo sé porque estuve ahí, coincidí con él, e incluso le hice una imitación de Aznar.

Y sin embargo, Aphex Twin es un genio. Lo es porque se pasa por su escroto peludo todo el ritual del estrellato pop y los convencionalismos de la música de baile: él nunca ha dejado de ser el niño travieso que, en su tierna infancia en Cornualles, compaginaba las clases de primaria con el estudio instintivo de los circuitos de los electrodomésticos y que, al cabo de poco tiempo, reparaba sintetizadores y montaba sus propios sistemas de producción de audio electrónico. Richard D. James empezó joven, pinchando para sus amigos de la zona, en las primeras raves cutres de la cornisa sur de Inglaterra, y buena parte de su producción primeriza se encuentra en sus primeros discos para los sellos Rabbit City y el belga R&S Records: piezas ambientales melódicas y zarpazos de hard techno furibundo como las del disco Selected Ambient Works 85-92 –que es a la música electrónica lo que Macbeth al teatro– o las del tema Didgeridoo. Los primeros álbumes y materiales de Aphex Twin son la excelencia de la música electrónica de baile que se puede escuchar en casa, y la de la música electrónica rara que se puede bailar, aun a riesgo de esguince y luxación. Nos cuesta quedarnos con algo en concreto: el disco Surfing on Sine Waves (1992), firmado como Polygon Window, es tan sangriento y perfecto como la campaña de Napoleón en Austerlitz, los EPs de la serie Analogue Bubblebath a veces dan ganas de decir que esto sí, y Kraftwerk no, y cuando tuvo que ponerse realmente denso, oscuro, serio e inquietante, se sacó de la manga el Selected Ambient Works 2 (1994), que todavía nos provoca sudores fríos solo de recordarlo. Era tan innovador, soez y genial que el único músico con el que se le podía comparar era Mozart.

Y la leyenda creció. Publicó cosas tan alucinantes como Come to Daddy –que era una bulla drum’n’bass con extremos filosos más cortantes que la espada de Sigfrido, y qué decir de ese vídeo dirigido por Chris Cunningham en el que Aphex terminaba convertido en monstruo gelatinoso, como con textura de hez de vaca, gritándole al oído a una vieja–, y cuando parecía que no podía superarse, va y publica Windowlicker, que es una de las siete maravillas conocidas del mundo moderno y apareció con el diseño de portada más perfecto que se haya hecho nunca, en el que la cara de Aphex aparece montado sobre el cuerpo turgente y abundante de una típica señorita de la página tres de los diarios deportivos –Jordan, Pamela Anderson, Samantha Fox, ese nivel de ubre–, discretamente disimulada su desnudez por un bikini a punto de ser atravesado por un pezón turgente. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Era un genio? ¿Un provocador? ¿Jugaba con reglas nuevas? La madre que lo parió.

Ya que hemos hablado del rostro inconfundible de Richard D. James, hagamos mención a su doble más famoso, Pablo Iglesias, por quien le preguntaron en una memorable entrevista para Pitchfork, y no tuvo más remedio que reconocer, el viejo Aphex, que ahí había un parecido más que razonable. Antes de que naciera Podemos, y cuando el joven Iglesias se paseaba por los platós antisistema de Intereconomía para batirse en duelos dialécticos con oradores de la extrema derecha como Eduardo García Serrano o Kake Minuesa, nosotros ya lo teníamos calado como el doble de Aphex. Fue en un momento, además, en el que estaba en un periodo intermitente de su carrera: publicó Drukqs en 2002, un disco que alcanzó estatus de culto años más tarde de su publicación y por una pieza escrita para piano, la tierna Avril 14th, luego se calló durante un tiempo, volvió con la serie Analord –en la que reinventaba el acid cafre y estruendoso–, luego se calló durante un tiempo, volvió con el álbum Syro, publicó algún EP más, y desde hace unos meses se calla cuando le apetece, y regresa cuando tiene que cobrar, generalmente de algún festival desesperado por un cabeza de cartel que le ofrece una pastizara.

Su estrategia es buena: crear una carestía de Aphex en un momento de sobreabundancia de productos genéricos y aburridos, y esperar a que le pongan la alfombra roja cubierta de billetes por pinchar, ofertas que suele rechazar mientras juega a la Playstation con sus colegas, se fuma unos petas y se tira unos cuescos harto sonoros, con la esperanza de que suban la oferta hasta el absurdo o el paso del tiempo ayude a que los precios se hinchen de manera natural. Suelen pasar dos cosas: que no le contraten, cosa que a él ya le va bien, porque el dinero le sobra –y así no tiene que salir de casa, estatus que le envidiamos–, o que le contraten por una fortuna, y entonces va, trinca, se lo lleva caliente, y tiene reservas para hibernar una década más, en la que se dedicará a hacer música por placer, y a subirla a Soundcloud con alias falsos. Si Loki es el dios del engaño y la burla, Aphex es el dios del techno que más nos hace reír, más nos irrita y más nos pone de los nervios. Hay días en que lo disecaríamos y lo pondríamos en una vitrina en el comedor, y días en que lo arrojaríamos por la ventana. Es el putísimo amo, o sea.

 

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