EDITORIAL: Un irritante análisis del mercado musical electrónico

En Beatburguer nos dedicamos mayoritariamente a hablar sobre música, especialmente música electrónica. Damos cuenta de aquellas cosas que nos llaman la atención, lanzamientos, conciertos, sesiones… Recomendamos su consumo y queremos creer que tenemos una firme vocación de ayudar a aquellos emprendedores que deciden proveer a nuestra sociedad de un producto benefactor y enriquecedor para la gente. Estos emprendedores están representados principalmente por los sellos discográficos. A todos nuestros lectores y a quienes firmamos esto nos encanta la música, pero seguro que no estamos muy al tanto de los entresijos y las entrañas de dicho negocio; si es que lo hubiera.

Y es que no debemos olvidar que, en la música, como en tantos otros ámbitos de la vida, el negocio y la mercantilización son fundamentales. Los contenidos de la industria musical son convertidos en valor y con éste se especula, se realizan transacciones y se comercia. Al igual que en cualquier otro ámbito mercantil y reduciéndolo a su forma más básica, en la música en principio también hay una persona a cada lado del mostrador: un vendedor y un comprador. Por ello, trataremos en este editorial de analizar un mercado particular como es el electrónico, tratando de delimitar y dirimir quiénes o qué se encuentra a cada lado (polarizado) del mostrador. Para ello, veremos aquí en las diferencias de tipo económico, sociales y productivas que se generan entre la música que nos concierne, que es la underground y lo que ha venido denominándose como mainstream; que cada vez posee y ha conquistado más espacios relacionados con la música de baile. Debemos, de este modo, tener en cuenta todo: desde los canales por los que la música llega al público, hasta el formato en el que se consume; pues este tipo de mediaciones, aunque no lo parezca, marcan la diferencia.

Por el lado del público o comprador, en la música electrónica se produce un fenómeno diferencial: la emergencia de la figura del selector. De forma simplificada, este es el caso del DJ. La música electrónica llega a la audiencia de la mano de las personas que la producen y la mezclan en formato de sesión, ya sea ejecutada en vivo o empaquetada en forma de podcast. Son los DJs quienes adquieren la música, en principio de forma legal (esto daría para otra editorial completa) en portales online exclusivos y tiendas especializadas, para mezclarla y ofrecerla al público en general en sus sesiones y mixes. La mayoría de los compradores del ámbito de la electrónica no hacen un uso recreativo de este producto, sino uno profesionalizado o aficionado (el caso es, distinto del normal: especializado) de la misma como herramienta o recurso cultural. Entendámonos: poca gente va un martes a las 9 de la mañana por la Diagonal de Barcelona escuchando unos temas sueltos de techno. A no ser, evidentemente, que esté de mañaneo.

Cabe entonces, a modo de apostilla señalar esta distinción conductual, que no marca por sí misma una especie de diferenciación elitista, sino un hecho social. Un fan, por ejemplo, de Los Planetas, se suele comprar el álbum, llevarlo a su casa, ponerlo y escucharlo con atención… Mientras, un oyente casual, que escucha música solamente de manera accidental, consume lo que le pongan delante. Playlist predeterminadas, covers en el súper, la radio en el dentista… Pero en el caso del fan de techno, se produce una disfunción, pues estos no suelen comprar álbumes de nadie y consumen los productos musicales enlazados y empaquetados en formato de sesión. Si consumen temas sueltos es porque de algún modo los usan para pinchar a nivel doméstico, aficionado-especializado.

Por tanto, los sellos de electrónica de los que hablamos, tienen un target de cara a ventas compuesto en su gran mayoría por los compradores profesionalizados-especializados y en una cifra mínima por los aficionados-especializados. Como ya hemos explicado, el oyente medio o aficionado de la música que se da en el contexto de la electrónica la consume a través de playlist, streaming y podcasts; y no adquiere las piezas individuales ni física ni digitalmente. Las disfruta, pero, por norma general, no las almacena.

Estos sellos ponen su producto en el mercado a través de distribuidoras especializadas, físicas y digitales (a veces ambas simultáneamente) o de forma más independiente en su propio Bandcamp. Durante dicho proceso de divulgación, este intermediario entre editor y oyente -inicialmente comprador y vendedor- se lleva, como no puede ser de otro modo, su pedazo del pastel. En el caso de una distribuidora física de vinilo, por ejemplo, dicha distribuidora compra al sello sus copias por un precio y luego las vende a las tiendas por otro. Así, son las tiendas las que aplican su margen de beneficio y finalmente el producto llega al consumidor. En el transcurso de esta mediación en el mostrador, el sello ha pagado unos 4€ por cada copia a la fábrica, el distribuidor ha comprado esas copias a un máximo de 5,50€ y la tienda las está vendiendo por entre 8 y 20€ en función del formato: EP, LP, doble LP… Con estas cuentas, el beneficio estimado del sello sería de 1€ (impresionante) por copia, sin contar con gastos colaterales como pueden ser el diseño de portada, la promoción, sociedades de gestión de derechos, envío o recepción de mercancía… Y algunos más:

Además y aunque no se estile mucho hoy en día, es importante pagar al artista, que en esta rueda mercantil y maquínica es, llanamente, el último mono. Este tema, de momento, lo dejaremos de lado, dado que también merece editorial propia. Pero si tenemos en cuenta entonces que la cantidad media que plancha un sello por cada lanzamiento no excede las 300 copias, los números hablan por sí solos: las cuentas no salen. El negocio no es rentable.

En el caso de la venta digital, el distribuidor se lleva igualmente su pequeño pedazo por poner el producto en los portales de venta según sus contratos y en las webs de streaming. Cada uno de estos portales de venta, a su vez, cobra unos honorarios distintos (y en ocasiones ridículos) por incluir el catálogo de los sellos en sus direcciones. En este caso, por lo menos, no hay coste por la manufactura del producto, algo alentador. Un tema o una pista en formato digital de alta calidad, entonces, se suele vender por entre 1 y 2€, de los que el sello obtiene aproximadamente, en el mejor de los casos, 0,80€; dependiendo del agregador/distribuidor. Un sello por sí solo y por norma general, tampoco puede entrar en el catálogo de Beatport, si no es a través de la intermediación de uno de estos agregadores. 

En el caso de Bandcamp, en cambio, el panorama es mucho más amable hacia el sello, ya que la web sólo se lleva un porcentaje pequeño de las ventas. Incluso, como bien es sabido, una vez al mes, Bandcamp permite que el 100% de las ventas vayan directamente al sello. Pero si echamos números, con todo lo dicho arriba, vemos que hay que vender una ingente cantidad de producto para generar una cifra decente de beneficios; ya sea en formato físico o digital. Cuando un sello contrata los servicios de un distribuidor digital, éste se encarga también de que la música esté presente en los servicios de streaming principales, véase Spotify, Youtube, Apple Music… Que es donde la mayoría del público aficionado consume el producto y dónde paradójicamente el porcentaje económico que recibe el sello de vuelta es mucho menor. Casi Inexistente. Un sello tiene que recibir cientos de miles de escuchas para ganar lo que se gana vendiendo 300 unidades de vinilos, que recordamos, es una miseria. Esto es, a nuestro parecer, una injusticia impresionante.

Para darle forma a nuestro editorial hemos hablado con uno de los sellos de techno nacionales más veteranos, con el fin de que nos enseñe sus números de la distribuidora y Bandcamp por separado en un mes. De este modo, podremos hacernos una idea de lo precario de la situación. Desde dicho sello, han sido muy amables y a cambio del anonimato, nos han proporcionado toda la información necesaria para realizar esta comparación. En el gráfico que os enseñamos a continuación, se muestran los streams de enero de 2022, sumando todas las plataformas en las que este sello tiene presencia:

Y este gráfico muestra las ventas en descarga del mismo mes en
todas las tiendas virtuales:

Por el lado de Bandcamp, estas son las escuchas en streaming en Enero de 2022:

Y las siguientes son ventas en dicha plataforma:

En esta imagen podemos ver el dinero que llega al sello después de todas las mordidas, desglosado por plataforma, sin contar con Bandcamp:

Si en el informe de la distribuidora seleccionamos los streams que se han producido con respecto al dinero generado, observamos el despropósito:

2990 streams = 2€, lo que supone unos 0,000668 € por reproducción.


Esta cifra significa muchas cosas, una de ellas que la plataforma que da más difusión al producto es la que menos beneficio reporta. Si a un sello independiente se le ocurre abandonar Spotify y dejar huérfana a su audiencia, tan sólo pierde 2€ al mes… da que pensar.

¿Cómo es posible que se escuche tanto y se venda tan poco?
Habría varias explicaciones coherentes a esto:

  1. No todos los profesionales compran su música legalmente
  2. No toda la audiencia es profesional
  3. La audiencia no profesional no suele comprar producto
    físico audible, aunque sí compra merchandising, de hecho
    muchos sellos venden más camisetas que discos…
  4. La audiencia consume la música de forma efímera, no hay
    mucha voluntad de acumulación o colección, casi nadie
    vuelve atrás por ejemplo a 2013 para revisar sus carpetas
    de música
  5. La música ha perdido su valor a muchos niveles.

Podríamos llegar a enumerar hasta los cientos en esta lista, lo que sí queda meridiano es que la mayoría de los sellos underground no están aquí por el dinero ni el negocio, hay otros intereses muchísimo más edificantes detrás y se merecen que les echemos una mano, no nos podemos permitir que
desaparezcan, no debemos conformarnos con degustarlos en forma low cost. Dan mucho más de lo que reciben y nos hacen muy felices a muchos niveles, seamos conscientes de su situación de emergencia permanente y no nos creamos que se lo llevan crudo, más bien todo lo contrario.