
Nuestro colaborador Juan La Ind0 charla largo y tendido con el vigués Carlos Ordóñez, productor detrás de proyectos imprescindibles de los 90 como Gauss, DISCODÉ -a medias con HD Substance- o Radio -proyecto conjunto con Mario y Cocó Ciëlo-.
Hubo un tiempo en el que hacer techno en este país no era una opción evidente, ni cómoda, ni mucho menos rentable. En ese contexto apareció Prozack, uno de los proyectos más singulares y personales de la electrónica nacional de los 90, firmado por el vigués Carlos Ordóñez y construido desde el margen, el hardware y una obsesión muy clara por el sonido. Hoy, décadas después, Ordóñez mira atrás sin nostalgia y hacia delante sin prisas, repasando una trayectoria que va del acid y el minimalismo más físico a una electrónica introspectiva, atmosférica y profundamente personal. Esta entrevista es un recorrido por ese camino: influencias, procesos, escenas, silencios… ¿y vuelta a empezar?
Antes de nada, decirte que me resulta tremendamente emocionante hacerte esta entrevista, Carlos: a mis tiernos 14 y 15 años, ya escuchaba tu música como Prozack: aquel techno primitivo, rudo y mecánico me llegó al alma en una época de exploración y descubrimiento. Fuiste —junto a otros pioneros— uno de mis referentes en una época en la que acceder a la música no era tan fácil como ahora. Así que, antes de comenzar, te doy las gracias de corazón.
Ya centrados en el lío, es imposible no comenzar sin hablar de quizá tu proyecto más conocido, al menos para lxs que ya tenemos cierta edad. Hablamos de Prozack, claro está. ¿Cuál fue tu camino hasta llegar a aquel sonido y proyecto? ¿De dónde vino a nivel influencias y referentes?
Con 13 años, me obsesionaban New Order, los primeros Cure, Cocteau Twins, y cosas de culto de aquí, como Décima Víctima. Muchos de los que estábamos inmersos en ese mundo de oscuro romanticismo, fuimos transicionando en los 90 hacia la electrónica.
Hacia los 18 ó 19 años, en mi etapa de estudiante universitario, compré en una feria del disco en Bilbao, un vinilo del proyecto vanguardista español Mecánica Popular (“Baku 1922”), y ahí descubrí un mundo nuevo. Fue la chispa que prendió mi evolución hacia la electrónica (su pieza “La edad del bronce” me sigue pareciendo insuperable).
Y tuve la suerte de que en Pontevedra había una maravillosa tienda de discos (Vazquez Lescaille), que traía todas las novedades que iban saliendo de electrónica británica. Por ejemplo, un dia llegó a mi casa el EP “Little fluffy clouds” de The Orb, que me voló bastante la cabeza en aquel momento. O los álbumes “verde” y “marrón” de Orbital, que también fueron cruciales. En 1990, mientras flipaba con el sublime “Heaven or Las Vegas” de mis adorados Cocteau Twins, comenzaba a descubrir una música muy fresca que procedía fundamentalmente de UK: Shamen, KLF, Cabaret Voltaire, Sandoz, Orb, Aphex, etc.
Poco después comencé a descubrir el acid house que se había facturado unos pocos años antes. Es algo que me impactó muchísimo en aquel momento (sigo pensando que el “Acid Trax” de Phuture, es una de las mejores piezas de música electrónica de la historia). Y así hasta llegar al techno minimalista de Detroit o Chicago, que fue entrando en mí como un virus malicioso…
PROZACK nació en 1993, estando activo hasta el año 2001, después de pasar unos años de experimentación con maquetas caseras. Y en ese período de tiempo, pasó por 3 etapas: una primera más cercana al acid o al bleep, una segunda de minimalismo contundente muy a la americana, y una tercera más experimental y ruidista (y también más personal).
Con respecto a aquello, y pese a la dureza e intensidad de tu música, eras una especie de rara avis en la escena nacional de entonces, o al menos aquella era mi impresión; con un público más propio del FIB que el de ambientes más bakalas, ¿no es así?
Pero en mi caso, me movía entre esos dos mundos. El hecho de editar mis discos con Elefant Records, supuso mucha atención por parte del indie. Además, en aquellos años había mucha apertura en el mundo alternativo y el indie hacia la electrónica, puesto que todo el mundo había puesto el foco en lo dance. Digamos que era lo más, en aquel momento. Se pensaba que era el futuro, y todas esas tonterías que siempre se asocian al sintetizador.
PROZACK podía actuar en el Sónar, o como bien dices, en el FIB. Pero también en algún after oscuro y de mala muerte, en el Rincón de la Victoria (un ejemplo), para trescientos bakalas. Lugares, por cierto, mucho más auténticos e interesantes según mi punto de vista, y donde disfrutaba más. Y encima, pagaban más y mejor.
Y siguiendo con Prozack, y teniendo en cuenta que entonces no existía Ableton ni las soluciones standalone de la actualidad ¿cuál era tu setup de entonces? Tanto a nivel estudio como el enfocado a directos.
Bueno, ya estaba el Cubase, y ya comenzaban a utilizarse ordenadores, especialmente desde mediados de década. En mi caso era todo puro hardware, muy físico. Sin pantallas, ni ordenadores. Todos los equipos analógicos sincronizados, conectados en línea a una mesa de mezclas, y de la mesa a un grabador DAT.
Mi estudio estaba situado en lo que antiguamente fueron unas cuadras, en una antigua casa rural llamada O Retortoiro, en el interior de la provincia de Pontevedra. Una especie de bodega en piedra, con una gran chimenea. Un lugar muy hermoso. Muy plácido, aunque en cualquier momento se desataba la locura…
Tenía un buen arsenal de clásicos: los famosos capicúas de Roland (muchos bombos y bajos eran del MC202), el Júpiter 4, JX8P, sintes FM de Yamaha, etc. También utilizaba mucho un potente muestreador de EMU (buena parte de los sonidos de mi álbum “Dispersión”, del 1999, proceden de este aparato). Y alguna joya especial, como un sinte monofónico de TEISCO, que tenía un filtro pasa bajos maravilloso (y que desgraciadamente extravié con el tiempo…). Y en directo, me llevaba medio estudio, ¡era una locura!
Además de Prozack, tuviste otros proyectos más o menos conocidos, como Gauss, DISCODÉ junto a HD Substance o RADIO, con Mario y el malogrado Cocó Ciëlo de Silvania. ¿Podrías hablarnos un poco de cada uno de estos proyectos y cuál fue tu approach artístico de cada uno? En el caso de Gauss y DISCODÉ, ¿qué artistas concretos te inspiraban? En cuanto a RADIO, ¿cómo era trabajar con dos pesos pesados de la escena experimental de entonces como Silvania?
En el 97 creé el proyecto paralelo GAUSS, para dar salida a una electrónica algo más exploradora y, sobre todo, más lenta en bpm, sin la dureza de PROZACK. Como GAUSS llegué a facturar un álbum completo, con 12 cortes (su título era “Morfología”) que estaba programado para salir después del EP “Estructuras Primarias” (Elefant Records, 1997). Pero finalmente, se quedó en un cajón hasta hoy. Ese álbum, tan sólo lo tiene uno de mis mejores amigos, el periodista y DJ, Víctor Flores. Es dub techno house ultra minimalista, reverberante e hipnótico, que era lo más en aquel momento.
Lo de DISCODÉ surgió de forma totalmente espontánea. Luís (Rozalén), que también formaba parte de Elefant Records, vino a visitarme unos días a O Retortoiro, en su coche, desde Madrid, y se trajo varias máquinas. De paso, actuaría también en el Clube Vademecwm de Vigo, que era el epicentro de toda la movida electrónica en Galicia. Una tarde, en mi estudio, tomando copas y alguna cosita más, de muy buen rollo, nos pusimos a improvisar cosas, y a mezclar sin ningún tipo de prejuicio, ritmos disco con sampleos varios y secuencias ácidas. Y surgió ese EP tan chulo, sin más pretensión.
Lo de RADIO ya fue totalmente programado y premeditado. Mario, Cocó y yo éramos ya grandes amigos. Nos encontrábamos con regularidad, en O Retortoiro, en Madrid, o en bolos por todo el país. Nuestra idea de partida era desarrollar un techno vaporoso, con mucho whitenoise, y todo el espíritu de ese romanticismo pop del que los tres veníamos. Nuestros referentes, aparte de nuestros héroes pop comunes como los Cocteau Twins o Slowdive, eran cosas nuevas de electrónica, fundamentalmente germánicas, como Basic Channel, o Mille Plateaux. Nos encantaban cosas como Maurizio, GAS, Oval, Infiniti, etc. Desarrollamos todo un álbum (“Radio”, Elefant Records, 1999) durante siete noches completas, trabajando hasta el amanecer. Fue mágico.
Tras una década intensa, hubo un periodo largo de silencio. ¿Qué te llevó a dar ese paso atrás y cómo te sirvió para replantearte tu forma de hacer música? ¿Cambió tu proceso creativo o la manera en la que encaras la creación?
En absoluto fue un paso atrás, porque en lo personal, necesitaba hacerlo. Como sucede siempre, al principio todo es fresco, novedoso y guay, pero llega un momento en que deja de serlo. Necesitaba vivir otras vidas, lejos de clubes y de escenas musicales. Los 90 fueron años de muchos excesos, tocaba retirada.
También he de decir que hubo un par de fracasos con el pop. Primero, el de Grado33, cuya trayectoria fue desastrosa porque mi vida era un caos en ese momento. Y algo más tarde, hacia el 2004, con un proyecto pop que monté en Vigo junto al artista plástico Xoán Anleo, muy ambicioso, llamado NÓMADAS, que llegó a contar con hasta 5 miembros. Pero unos días antes de su presentación en sociedad, en el Vademecwm, la banda se fue desintegrando por motivos que no vienen al caso…
Y llegó el gran punto de inflexión: en 2005 decidí abandonar mi querida Vigo para siempre. La última noche, en el precioso Puerto de Vigo, con un sinte, una caja de ritmos y un bajo de 6 cuerdas, compuse una canción muy triste de despedida, titulada “Bahía Hotel” (en aquel momento residía en el Hotel Bahía). Canción que, por cierto, publicaré en breve.
Hoy tus discos son editados bajo tu propio nombre, amén de que son más atmosféricos, introspectivos y profundos. ¿Cómo describirías la evolución de tu sonido desde aquellos primeros años como Prozack hasta Un instante de naufragio?
Es una evolución lógica, en paralelo a una evolución personal. PROZACK era un veinteañero que quemaba su juventud con pasión e intensidad. Y hoy pues… no tengo ni idea de lo que soy.
Hay una evolución formal evidente, mi música hoy es mucho más compleja. Las producciones son mucho más sofisticadas. Pero en el fondo, quizá encuentres la misma esencia. Si escuchas mi pieza “Tan lejos” del 98, podrás comprobar que no difiere tanto de lo que hago ahora.

Háblanos un poco de este último disco: de dónde sale, cómo se gesta, cómo se encuadra dentro de tu obra y, sobre todo, qué significa para ti.
Sinceramente, no sabría qué contestar a ésto. Me resulta sumamente complicado.
En tus trabajos recientes se percibe que cada sonido tiene su intención, casi como si fueran emociones saliendo de ti a borbotones. ¿Tienes algún ritual, setup o flujo creativo ahora, o la música surge más de manera intuitiva? ¿Con qué setup o herramientas te sientes más cómodo actualmente a la hora de producir?
Casi siempre he trabajado de noche. Amo la noche, es absolutamente inspiradora. Muchas veces fantaseo con una vida en la que no exista la luz del sol, eternamente noche. Utilizo algunos conceptos básicos de numerología.
En cuanto a materiales de trabajo, hoy en día sigo con hardware analógico. Utilizo un programa DAW pero solamente para grabar y editar. No me interesan los sonidos software, nunca me han gustado. No me convencen, les falta alma, esencia. Además de analógicos Moog, clásicos FM (como el TX802), y diversas unidades de ritmo, utilizo mucha guitarra eléctrica procesada, y también bajo eléctrico. Me interesan tanto o más que los sintetizadores, por sus infinitas posibilidades creativas, especialmente para la experimentación. Tanto en “Un instante de naufragio”, como en mis últimos EPs, hay muchos sonidos de guitarra creando textura.
En realidad, cualquier artefacto u objeto que produzca algún tipo de sonido, me interesa: desde un sitar o un arpa de boca, hasta una vieja radio desintonizada (algo que utilicé muchísimo en “Dispersión” de PROZACK).
Habiendo visto cómo se cocía todo en los 90 y cómo has evolucionado como artista, ¿cuál es tu opinión sobre la escena electrónica actual? ¿Qué te emociona y qué echas de menos de aquellos años donde todo parecía nuevo y aun con las reglas por escribir?
Es indudable que la magia de lo fresco y novedoso estaba ahí. Hacer techno o música electrónica hoy en día, no tiene nada de especial. En aquel tiempo, sí. La década de los 90 fue sin duda la edad de oro del techno, del house y del dance, en general. He sido afortunado en vivir toda esa emoción en el momento preciso. Tengo recuerdos mágicos, como los primeros Sónar, en la Sala Apolo, para unos pocos cientos de personas (allí presencié dos directos de techno que me marcaron mucho: Vapourspace, en la primera, 1994 y, sobre todo, Psychic Warriors Ov Gaia, en la segunda edición, año de 1995, con un alucinante y brutal set de hipnosis rítmica).
También había, dicho sea de paso, mucho hype, mucha pose y mucha tontería. Toda aquella gilipollez de la “cultura de club”… pero yo siempre fui por libre. Siempre abierto a otros mundos y a otras movidas totalmente ajenas a toda aquella historia. O aquella gran mamarrachada de lo “intelligent”, frente a los que hacíamos puro 4×4 para la pista de baile. A mí, por ejemplo, se me atacaba bastante desde algunos sectores, por eso, porque mi música era puro 4×4, bombo a negras, propio del techno. Se hablaba, de forma peyorativa, de la “dictadura del bombo”, o “bombo a piñón fijo”, y cosas por el estilo. Hoy todo eso está más que superado. Por no hablar de una gran incomprensión hacia esos sonidos, con la que tenías que lidiar en todas partes, especialmente antes del 95.
Dejando a un lado las infinitas propuestas retro que lo inundan todo hoy (en estos momentos no me interesa ningún tipo de revival), actualmente hay muchísima música de una calidad extraordinaria. Más incluso que en aquel tiempo. Todo sigue avanzando. Es cierto que hay que buscar muchísimo más, entre mucha maleza. Pero hay cosas muy buenas, lo mismo que en cualquier otra época.
Tras más de tres décadas de exploración musical, ¿hacia dónde va Carlos Ordóñez? ¿Qué te apetece explorar en los próximos años?
Todos los días se me ocurren proyectos nuevos, e ideas para desarrollar. Mi intención es continuar explorando nuevas formas como Carlos Ordóñez. Pero también, nuevos proyectos y conceptos a los que estoy ya comenzando a dar forma (alguno orientado a la pista de baile).
En cuanto a próximos lanzamientos, lo primero es un mini álbum con mezclas alternativas y descartes de “Un instante de naufragio“. También te adelanto en primicia que estoy preparando una recopilación de maquetas de electropop del período 2005-2012, y que tengo guardadas en un cajón desde entonces. Se trata de un material muy especial, con voces y textos, que decidí por fin sacarlo a la luz en este 2026, y será con Ferror Records, el pequeño sello gallego con el cual trabajo actualmente.
Y lo que te comentaba, también estoy dando forma a una serie especial de singles o EPs, con cierta tendencia cercana a la pista de baile. Nada de álbumes, me encanta el formato EP.
Por último, y con el techno por todas partes y fuera de las catacumbas, ¿posibilidades de escuchar material nuevo de Prozack?
Nuevo, no lo creo. Aunque no descarto retomar el techno, en algún momento, bajo otra marca. Pero tengo guardadas en una caja, al menos unas 15 ó 20 cintas DAT con material de PROZACK no editado, del período 1993-2001. Hace un tiempo, quise rescatar algo de ese material para un sello que me lo había solicitado, y no pude, pues el viejo reproductor DAT me partió alguna de las cintas. Ya solucionado, mi idea es recopilar lo mejor de todo ese material, para un álbum doble. Hay material muy bueno ahí, que con una masterización actual puede quedar fantástico. Estoy esperando alguna propuesta interesante de algún sello especializado, para poder materializarlo.



