
«Verdad y Error» se sitúa en la tensión entre el caos del ruido externo y una calma interior que late en su centro.
Gibrana Cervantes es reconocida por su trabajo en la música experimental y la performance contemporánea; una práctica caracterizada por una intensidad concentrada y una fisicidad desbordante, que a menudo desafía los límites de la resistencia, la presencia y la encarnación. Un eje central de su trabajo escénico es su colaboración continua con la aclamada coreógrafa Florentina Holzinger, lo que incluye la composición de la música para SEA WORLD (2026), la instalación de Holzinger —elogiada por la crítica— para el Pabellón de Austria en la Bienal de Venecia. Asimismo, es miembro fundamental del ensamble experimental Amor Muere (junto a Mabe Fratti, Concepción Huerta y Camille Mandoki). Cervantes mantiene una activa labor de grabación que nutre directamente sus presentaciones en vivo; un ejemplo de ello es su colaboración Memoria (2025), realizada junto a Colombian Drone Mafia (Nyksan) para el sello Ambie-Tón (Tratratrax)
Verdad y Error constituye un registro de su enfoque artístico, el cual expande los horizontes de posibilidad tanto de su propio cuerpo como del violín, llevándolos casi hasta el punto de ruptura. Cervantes emplea un registro estrechamente vinculado al metal, aunque, en la alquimia de estas piezas, subyacen motivos que remiten a su formación clásica. A lo largo de la obra, el violín funciona como un instrumento de voz fragmentada y cambiante: difuminada, reiterada y transformada mediante la distorsión. «Muchas de estas piezas surgen de imágenes, recuerdos y sensaciones que me han acompañado durante años. Me interesa la difuminación entre lo que realmente ocurrió y aquello en lo que el tiempo lo transforma». Las grabaciones se construyen mediante capas de sonidos de violín que oscilan entre lo reconocible —procesado, estirado o alterado— y lo que se encuentra inmerso en un estrato sonoro compuesto por estática volátil y ruido. «En este álbum, el violín no se presenta como un instrumento «limpio». Lo proceso, lo repito, lo distorsiono y lo multiplico hasta que empieza a sentirse más como un recuerdo que como una melodía. Algo borroso, cambiante, difícil de aprehender». El origen del álbum se remonta a una etapa en la que Cervantes buscaba una calma interior en medio de un ruido externo incesante, cuestionando la validez —o incluso la posibilidad— de la memoria, así como su percepción, la cual se transforma radicalmente en relación con la experiencia vivida. La reflexión posterior sobre este momento contemplativo le permitió desarrollar una música relacional que transita por la memoria, la erosión, la repetición y la ambigüedad emocional, creando un espacio que se percibe a la vez íntimo e inestable, voluble y marcado por la pátina de la imperfección vivida.

Al igual que ocurre con el narrador poco fiable y la inestabilidad lingüística, cada pieza funciona como un paisaje emocional suspendido entre la claridad y la confusión. Es un álbum que equilibra melodía, brutalidad, fragilidad y ruido a lo largo de sus extensas grabaciones y de un trabajo visual que actúa como análogo de la música. El universo visual del disco, desarrollado en colaboración con Mauro Ventura, se construyó a partir de diversos soportes, combinando textos manuscritos, tipografía quemada, texturas metálicas y materiales físicos delicados. «Quería que el disco resultara táctil e imperfecto; algo emocionalmente directo, pero físicamente desgastado», comenta Cervantes. Más que ofrecer explicaciones, verdad y error se plantea como una conversación entre la memoria y la desaparición, el ruido y la quietud, la verdad y el error.




