
La escena electrónica lleva décadas reivindicando la libertad, la diversidad y la comunidad, ¿pero qué queda de esos principios cuando se desentiende de la crisis de vivienda, la precariedad y el avance de quienes quieren recortar derechos?
No es algo nuevo: cada vez que ocurre un hecho traumático que afecta a un grupo de personas de manera colectiva —una tragedia tipo desastre natural, un atentado terrorista, un crimen de especial relevancia y/o causante de gran alarma social, o un accidente de especial envergadura—, mientras la gran mayoría de la sociedad se hace eco de ello, una parte continúa su vida como si nada. Eventos profesionales, logros personales, memes, proyectos… Os suena, ¿verdad? Seguro que sí, porque los anuncios de bolos, line ups, DJ sets y call to action varios a la compra de tickets no es que escaseen durante estos episodios: es que cantan tanto en medio de ellos que resulta poco menos que imposible no sonrojarse.
En el último mes, nuestro ya de por sí maltrecho y cada vez más invivible país parece haber sufrido un centrifugado express: el desahucio de Maricarmen Abascal, de 87 años, después de 71 viviendo en una casa que, moral y sentimentalmente hablando, era más suya que del fondo buitre de la inmobiliaria propietaria del inmueble; la acampada solidaria en Sol, convocada por el Sindicato de Inquilinas y desalojada por la policía, a las órdenes de la Delegación del Gobierno, de manera violenta e injustificada hace escasos días; la traición —nada sorprendente, la verdad— de Junts, socio parlamentario del Gobierno, al tumbar junto al PP y Vox los dos decretos de vivienda propuestos por el Ejecutivo; la huelga general del próximo 11 de noviembre, convocada por una amplia coalición sindical y de organizaciones de vivienda para denunciar la crisis habitacional y salarial; y unas elecciones anticipadas, convocadas para el 29-N, en las que la amenaza de la ultraderecha tocando poder a nivel estatal es más tangible que nunca, merced a un PP que vendería a su madre por dos camellos —de los de verdad, no de los que van en yate… ¿o sí?— con tal de tocar pelo. Paro para respirar y continúo.
En este mismo periodo, para rematar, hemos tenido que lamentar la tragedia ferroviaria de Urda, Toledo, el pasado 28 de octubre, con 69 víctimas mortales, nueve meses después del accidente de Adamuz, en Córdoba, que dejó 46 personas fallecidas. Dos tragedias que han golpeado a numerosas familias y comunidades y que han terminado de marcar profundamente la realidad en la que vivimos. Sí, también aquellxs que hacen como si no fuera con ellxs.
El algoritmo que se mira el ombligo

Como apuntamos al comienzo, llama la atención comprobar cómo una parte de la «comunidad» electrónica, no tan minúscula como cabría esperar, pero extremadamente escandalosa en su desfachatez y falta de decoro, mantiene intacta su maquinaria promocional. Sin ponerse ni coloraos, vaya. Que, a ver, José Manuel, nadie te está diciendo que tengas que convertir tu perfil personal en un altavoz de la Nueva Columna Durruti, llamando a la lucha contra los malvados fascistas lamebotas del capital. Pero no estaría mal que AL MENOS te hicieras eco mínimamente de algo que, si no te afecta así —disclaimer: sí lo hace—, te toca de cerca a través de amigxs, familiares, colegas de trabajo y conocidxs. Y no, el problema no es que sigas trabajando, anuncies tu próxima fecha o tengas que cumplir con tus compromisos profesionales. Ni siquiera es pecado que quieras continuar con tu vida, lo que incluye momentos de asueto y diversión. El problema es esa absoluta incapacidad para apartar la vista del propio ombligo, como si nada de lo que ocurre fuera de tu pequeño mundo a medida mereciera siquiera un minuto de atención.
Pero, ¡ay, amigo! Vengo aquí a ejercer la figura de un Pepito Grillo cojonero y vengador para decirte algo que igual te incomoda si te queda algo de humanidad dentro, o te la suda si te has convertido en un bot, yonki del algoritmo y adicto al tech house top 5 de Beatport: la (tu) escena no está separada de la sociedad en la que existe por un cristal invisible, como quizá te gustaría. Los clubes ocupan espacios en edificios, los festivales necesitan trabajadores con contratos y condiciones laborales dignas, y los DJs tienen que pagar el alquiler como cualquier hijx de vecinx, además de comprar música y, quizá, comer. Y te digo otra cosa que igual, seguramente, te dé lo mismo: para muchas personas, la cultura de club también es un lugar de pertenencia y expresión. Increíble, ¿verdad? Pero calla, que aún hay más. Hablar de vivienda, precariedad o derechos LGTBIQ+ amenazados por aquellos que vienen a salvar España no es cambiar de tema o introducir política donde, bajo tu criterio, no debería; es hablar de las condiciones que permiten que la (tu) escena exista. Wow.
Y aquí es donde la cosa se pone jugosa. Hablemos de la crisis habitacional, causante de que miles de jóvenes y no tan jóvenes hayan salido a la calle para decir basta. Una situación dramática por su carácter estructural que, oh, sorpresa, también afecta a quienes trabajan en la cultura, especialmente en unas ciudades donde se concentra buena parte de la actividad musical y nocturna y donde cada vez cuesta más vivir, trabajar y desarrollar proyectos sin disponer de un colchón económico considerable. DJs, técnicos, fotógrafos, diseñadores, periodistas musicales, personal de sala y pequeños promotores forman parte de una economía en la que la estabilidad sigue siendo una quimera. No nos son ajenas historias de auténtico terror: las de quienes compatibilizan su actividad artística con dos o tres trabajos; las de quienes aceptan cachés que apenas cubren gastos, no hablemos ya del talento o del valor de la propuesta; y las de quienes mantienen proyectos independientes a base de favores, horas no remuneradas y una capacidad casi sobrehumana para cuadrar cuentas. Todo muy romántico hasta que llegan el alquiler y las facturas. Y claro: el espíritu underground no sirve como moneda de cambio. Ni alimenta más que el alma.
La indiferencia te posiciona, te guste o no

Esto nos lleva a otra cuestión de las que hacen pupa: la facilidad con la que una parte de la escena ha convertido la política, los problemas sociales y cualquier acontecimiento que no afecte directamente a su pequeño universo profesional en asuntos perfectamente prescindibles, como si vivir en sociedad fuese una actividad secundaria que puede dejarse en pausa mientras llega el próximo bolo. Y ojo, que no estoy hablando de exigir pronunciamientos públicos a la carta, ni de convertir el perfil de Instagram en un tablón de comunicados políticos, ni mucho menos de fiscalizar cómo gestiona cada cual sus circunstancias personales. Hablo de algo bastante más elemental: tener un mínimo de conciencia y empatía respecto a lo que sucede a nuestro alrededor, entendiendo que hay acontecimientos que nos conciernen como sociedad y ante los que la indiferencia sistemática empieza a resultar bastante difícil de justificar.
Lo verdaderamente preocupante es que cualquier referencia a la actualidad, cualquier posicionamiento o muestra de preocupación parezca una extravagancia, una intromisión de la política en un espacio que supuestamente debería mantenerse al margen. ¿Al margen de qué, exactamente? ¿De la realidad? Porque la cultura nunca ha estado al margen de la política, por mucho que algunos se empeñen en vender esa neutralidad impostada. Y tampoco hace falta militar en ninguna organización, tener un carné de partido o pasarse el día compartiendo noticias de Público o El Salto para entenderlo. En momentos como el que vivimos, chirría esa especie de obligación autoimpuesta de mantener siempre activo el escaparate profesional, como si dejar de promocionarse durante unas horas supusiera desaparecer del mapa. El algoritmo no descansa, la marca personal tampoco y, por lo visto, la actualidad puede esperar. Quizá va siendo hora de apagar un momento el piloto automático y recordar que detrás de cada perfil hay una persona que vive en el mismo país, comparte los mismos problemas y está expuesta a las mismas circunstancias que el resto.
Libertad, diversidad y otros términos que explotar

No faltan motivos para abandonar esa supuesta neutralidad. En las generales de 2023, PP y Vox sumaron 170 escaños (137 y 33, respectivamente). Desde entonces, la ofensiva contra los derechos LGTBIQ+ y determinadas expresiones culturales ha dejado ejemplos concretos. En 2025, Vox impulsó iniciativas para derogar leyes autonómicas de protección LGTBI y trans en seis parlamentos regionales, aunque ninguna prosperó. En Burriana, donde gobernaba junto al PP, su concejal de Cultura bloqueó ocho propuestas de compra de cerca de 300 libros para la biblioteca municipal, incluidos títulos LGTBI y publicaciones en catalán. En Móstoles, otro gobierno compartido por ambas formaciones canceló una exposición de Olga Barra, conocida como Dhikena, después de que el área de Cultura la calificase de «inmoral».
Y aquí es donde la contradicción adquiere otra dimensión, porque la cultura de club y buena parte de las músicas que dieron forma a la electrónica de baile contemporánea surgieron de comunidades negras, latinas, trans y queer que encontraron en determinados espacios una posibilidad de expresión y reconocimiento frente a una sociedad que las excluía. Resulta curioso, por decirlo suavemente, que hoy una (gran) parte de la escena haya convertido esa herencia en argumento promocional mientras se cuestionan los derechos de quienes la hicieron posible. ¿De verdad vamos a conformarnos con compartir una bandera arcoíris en junio, incluir un par de nombres diversos en el cartel para cumplir con la cuota? Porque una cosa es no querer convertir tu actividad artística en un altavoz político y otra muy distinta es desentenderte de todo aquello que amenaza los valores que tanto te gusta reivindicar en tu perfil de Instagram. La diversidad no puede ser únicamente un recurso de comunicación ni la libertad una palabra bonita que desaparece cuando toca defenderla.
Seguir bailando sin mirar a otro lado

No se pide aquí, por tanto, que cada fiesta se convierta en una asamblea, que los DJs tengan que justificar cada movimiento o publicación, ni que desaparezca la actividad cultural cada vez que sucede algo grave; tampoco que todo el mundo tenga que reaccionar de la misma manera, con la misma intensidad o desde la misma plataforma. Pero quizá no estaría de más dejar de confundir la libertad individual con la responsabilidad colectiva y entender que podemos seguir bailando, trabajando y disfrutando de la música sin comportarnos como si nada más tuviera importancia. Porque una cosa es no querer convertir tu actividad artística en un altavoz político y otra muy distinta es pasar olímpicamente de todo aquello que nos afecta a todxs. También deberíamos recordar que formar parte de una escena implica algo más que aparecer en carteles de clubs y festivales, compartir códigos estéticos o acumular contactos. También significa estar dispuesto a reconocer que existe una realidad común, que lo que sucede fuera de la pista acaba entrando en ella y que ninguna comunidad puede sostenerse indefinidamente sin un mínimo de implicación por parte de quienes dicen pertenecer a ella. Porque la música puede ser una vía de escape, pero no debería servirnos para escapar de todo.




