Agresiones sexuales en la electrónica: cuando el PLUR no aplica según tu género 

La escena electrónica presume de comunidad y libertad, pero la pista no siempre es igual para todos. Entre ídolos blindados por su estatus y silencios cómplices, las agresiones sexuales a mujeres y el machismo estructural muestran que la protección rara vez alcanza a quienes no ocupan el centro del cartel.

La escena electrónica siempre ha presumido de un mantra fundacional: Love, Peace, Unity, Respect (PLUR). Unas siglas poco menos que litúrgicas que, desde los albores de la era rave, prometía horizontalidad, comunidad y refugio frente a un mundo «exterior» (la sociedad normativa) ajeno y hostil. Sin embargo, cada cierto tiempo la realidad irrumpe como un bombo mal ecualizado y nos obliga a preguntarnos si ese lema fue alguna vez universal o si, en la práctica, ha funcionado como privilegio selectivo.

Las recientes informaciones en torno a la agencia STEER y los supuestos casos de abusos y agresiones sexuales que salpican a artistas como SHLOMO, BASSWELL, CARV o FANSTAM (y que tiene pinta que va camino en salpicar a más) han vuelto a colocar el foco sobre una herida estructural: el machismo en esta, nuestra cultura club. No se trata de ejercer de juez ni de alimentar el morbo (las acusaciones deben tratarse con rigor y presunción de inocencia), sino de analizar un ecosistema que permite que determinadas dinámicas se repitan con una frecuencia inquietante y podría decirse que sistémica.

FANTASM

El DJ como tótem y la asimetría de poder

Pero esto no es algo nuevo ni aislado. La festivalización y la conversión del DJ en «vaca sagrada» han generado una arquitectura de poder profundamente desequilibrada, en la que el el artista, blindado por su caché, su agencia y su comunidad digital, ocupa el centro de un dispositivo que mezcla idolatría, acceso restringido y precariedad laboral alrededor. El backstage no es solo un espacio físico: es una frontera simbólica en la que se repiten las dinámicas machistas del sistema patriarcal que rige nuestra sociedad, y que nos afecta a todos y todas por igual. Así pues, quien programa y representa; quien pincha y quien baila no juegan con las mismas cartas. Además, la cultura del after, la informalidad del trato y la normalización de ciertos comportamientos bajo el paraguas del mundo de la noche crean una zona gris donde lo inaceptable se diluye en la épica de la fiesta.

Pero, como decimos, esta situación no es nueva, y la historia reciente ofrece precedentes incómodos. El caso de Erick Morillo, acusado de agresión sexual en 2020, quien se suicidó poco después, abrió un debate sobre idolatría y responsabilidad, cuando dentro de los lamentos y esquelas digitales de no pocos colegas, ninguno hiciese la más mínima alusión a su comportamiento, más de alguna mención velada y/o sin entrar en arena.

También conocido es el caso de Derrick May, pionero del techno de Detroit, quien ha sido señalado por múltiples mujeres por agresión sexual a lo largo de largos años de carrera. Esto evidenció otra realidad aún más áspera: lejos de desaparecer del circuito, May ha continuado su actividad en distintos contextos, festivales, clubes y eventos, como si el peso simbólico de su legado amortiguara cualquier consecuencia tangible. Con todo y eso, aún no pocas voces siguen alzándose en contra de la cultura de cancelación porque arruina vidas (sic).

Así, el talento, o el mito alrededor de él, a menudo funciona como escudo. Por eso, el relato histórico, la condición de leyenda y el argumento de la influencia cultural parece pesar más que la incomodidad de revisar la propia escena. Y de revisarnos nosotros mismos.

Derrick May

Romanticismo post-rave vs. realidad material

Durante décadas se vendió la pista como territorio liberado, ajeno a las jerarquías del día a día y de las violencias estructurales de la sociedad normativa. Un espacio donde el cuerpo podía ser político y la comunidad (decía que) te protegía. Esa narrativa pudo haber sido real en algún momento y lugar para muchas minorías (comunidad afroamericana y otras racializadas; comunidad LGTBI+) y no está de más reconocerlo. Pero también convivió con otra verdad menos amable, que es que la escena electrónica, como cualquier otra industria cultural, reproduce las lógicas del mercado y del patriarcado que dice combatir.

Con los años, la concentración de poder en agencias y headliners, la dependencia económica de los bookings internacionales, la competitividad feroz por ocupar un slot en un line-up y la cultura del silencio para «no quemarse» profesionalmente configuran un entorno donde denunciar es asumir un coste. Y ese coste, casi siempre, recae en la parte más vulnerable. Por eso, cuando las acusaciones afectan a nombres consolidados, la reacción se polariza entre negación airada del fandom o condena inmediata en redes. Al final, ambos extremos dejan poco espacio para el análisis estructural, y es justo ahí donde debería situarse la conversación.

La economía de la reputación: no matarás a la gallina de los huevos de oro

En pleno 2026, la carrera de un DJ depende tanto de su rendimiento en cabina como de su capital simbólico online, esto es: seguidores, visualizaciones, y clips virales en perfil. La reputación es moneda de cambio, y las agencias funcionan como custodios de ese valor. Así, nos encontramos en un tablero en el que cualquier señalamiento, cualquier atisbo de acusación se interpreta no solo como un problema ético, sino como una amenaza económica. Y ahí está otra de las patas del problema.

La pregunta incómoda es evidente: ¿cuántas conductas inapropiadas se han tolerado históricamente en nombre de la rentabilidad? ¿Cuántas veces la industria ha preferido mirar hacia otro lado para no cancelar una gira, un contrato, un verano entero lleno de bolos y  festivales?

Y esto no es un fenómeno exclusivo de la electrónica, pero aquí adquiere una dimensión particularmente irónica, pues un movimiento que nació como contracultura termina replicando los mismos mecanismos de encubrimiento que criticaba en la cultura mainstream. Y en la sociedad en general.

La pista no es una burbuja

Nos gusta pensar el club como territorio liberado, pero este no es una excepción sociológica, sino una condensación de la sociedad que lo rodea.  Si fuera de la sala persisten desigualdades estructurales, dentro no desaparecen por arte de magia al sonar el primer bombo-caja.

Por eso, cuando una mujer tiene que calcular cómo se mueve en la pista para evitar manos no deseadas; cuando duda si denunciar por miedo a no ser creída; cuando normaliza ciertas actitudes porque «siempre ha sido así en la noche», estamos ante un problema cultural y estructural. Y esa cultura no la sostienen solo los artistas señalados o las agencias bajo sospecha. La sostenemos todos.

Aquí es donde el foco debe desplazarse, incómodamente, hacia nosotros: el público masculino.

Primera persona: la responsabilidad que incomoda

Es demasiado sencillo exigir cambios a promotores y artistas mientras uno se coloca en el cómodo papel de espectador crítico y ajeno. Si soy hombre y formo parte de la pista, formo parte del problema… o de la solución.

La palanca de cambio no está solo en protocolos (ojo, imprescindibles) ni en comunicados estratégicos. Al contrario, estaría bien comenzar en lo cotidiano: en dejar de reír la broma machista o en intervenir cuando un amigo se comporta de forma invasiva; en cuestionar la narrativa del «es que la noche es así así»” y escuchar sin ponerse automáticamente a la defensiva cuando una mujer relata una experiencia incómoda.

Eliminar este tipo de conductas no parte de una consigna abstracta, sino una práctica concreta: comenzar desde los micromachismos. Se trata de comenzar a revisar cómo ocupamos el espacio en la pista, cómo entendemos el consentimiento en contextos de euforia colectiva, cómo gestionamos el poder simbólico, aunque sea mínimo, que ejercemos sobre otros cuerpos, personas y entidades. Mientras ciertas conductas sigan considerándose «normales», la pista será igual de insegura que la calle.

Más allá de los titulares y los carruseles en Instagram, reducir el debate a nombres propios sería cómodo y miope: hoy son unos y mañana podrían ser (con total seguridad serán) otros. Lo relevante es si la escena está dispuesta a abandonar la complacencia y asumir que el problema no es una anomalía, sino el síntoma de una estructura desigual. Y hacerlo aún a coste del perjuicio económico. ¿Puede la escena sostener el relato de comunidad mientras protege, relativiza o minimiza comportamientos que vulneran a parte de esa misma comunidad?

Porque si el ethos primigenio del Peace, Love, Unity, Respect quiere sobrevivir como algo más que un lema heredado, tendrá que aplicarse en todas direcciones. También cuando incomoda y afecta a quienes ocupan el centro del cartel. Y, sobre todo, también cuando nos obliga a mirarnos en el espejo de la pista y reconocer que el cambio empieza, inevitablemente, por nosotros.