Más grande, más rápido, más lejos: qué pasa cuando otros definen tu éxito

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Carl Cox

Del Paradise Garage de Larry Levan a los rankings y las giras de los noventa, la idea de lo que significa triunfar cambió de sitio al DJ dentro de la industria. Repasamos ese recorrido para entender por qué a veces perseguimos unas metas que, en muchos casos, casi nadie recuerda haber elegido.

Cuando David Mancuso inauguró The Loft en 1970, la idea de lo que significaba ser DJ todavía estaba lejos de convertirse en una profesión —o incluso un concepto— definida por rankings, cachés o número de seguidores. Mancuso seleccionaba música, construía una experiencia y utilizaba el espacio como parte de esa selección. No había una carrera que escalar porque tampoco existía todavía una industria organizada alrededor de la figura del DJ como equivalente a una superestrella del pop/rock.

Al empezar a pinchar, —casi— todos lo hacemos por lo mismo: nos fascina un género o géneros concretos de música, hay temas que nos fascinan y que queremos que otras personas escuchen y, en última instancia, lugares donde queremos hacerlo para hacer a la gente bailar. Más o menos es esto. A partir de aquí, comienzan a aparecer otras cosas: un primer set, una posible residencia, un cartel, un hueco en un festival, un mini tour… Algunas llegan porque las buscamos y otras porque alguien nos abre una puerta. El problema empieza cuando dejamos de decidir hacia dónde queremos ir y empezamos a utilizar como referencia la dirección que marca todo lo que tenemos alrededor aka El Sistema. Porque sí, amigos: como en todo, aquí el capitalismo también ejerce su perversa influencia.

Larry Levan y una sala que medía el éxito mirándose a sí misma

Larry Levan

En 1977, año en el que Larry Levan empezó a construir su leyenda en el Paradise Garage, el éxito se medía dentro de la propia sala. La relación entre DJ, soundsystem y público era directa, y buena parte de su importancia posterior tiene que ver precisamente con esa capacidad para modificar la experiencia del espacio a través de la selección, la mezcla y la calidad del sonido. Cierto es que hablamos de un contexto completamente diferente: el Garage cerró en 1987 y la incipiente «cultura de club» que allí se estaba gestando estaba atravesada por unas condiciones sociales y económicas que difícilmente pueden trasladarse al presente, pero hay algo que interesa aquí: cómo se medía entonces el alcance, importancia y legado de todo aquello. No solo para qué, sino para quién.

Levan no necesitaba aparecer en una clasificación internacional para saber si una noche había funcionado, ni para saber que el público, la comunidad que se originó alrededor del club y su propia figura le adoraban como miembros de un culto a su gurú… aunque fuera de ese círculo nadie supiese de su existencia. Aquello era el epítome del if you know, you know, siendo el boca a boca y la pista los mejores termómetros de la popularidad de un selector. El éxito, pues, se medía a ojo: calculando las horas que la sala permanecía llena, el nivel de griterío o exclamaciones de sorpresa ante determinadas canciones, la energía y voluntad aplicadas a los bailes… el triunfo como tal estaba vinculado a un momento y lugar concretos. Durante los años siguientes esa relación empezó a cambiar.

Los noventa: el nombre empieza a vender la noche

El punto de inflexión conviene situarlo en los noventa. En 1993, la revista DJ Mag celebró su número 100 con una lista de los cien mejores DJs del mundo, elegidos por la redacción, en orden alfabético y sin puestos. En 1997 la lista se abrió al voto público y pasó a estar ordenada, con Carl Cox como primer número uno. Parece un detalle de hemeroteca, pero ahí aparece por primera vez algo que hoy damos por sentado: una clasificación que convierte el trabajo de seleccionar música en una carrera con peldaños numerados.

A la vez, la escena se llenaba de superclubs —Ministry of Sound abrió en Londres en 1991, y poco después llegaron Cream y Gatecrasher—, de recopilatorios mezclados que se vendían en masa —Northern Exposure, de Sasha y John Digweed, es el ejemplo clásico— y de DJs cuyo nombre empezaba a ser, por sí solo, el reclamo de la noche. Ojo: muchos de ellos conservaron el oficio intacto. Sasha y Digweed eran respetados precisamente por su selección y su técnica, y a Carl Cox se le suele asociar con haber llevado el underground a un público mucho mayor sin perder el espíritu rave. Eran buenos curadores, y a esa tarea se le sumó otra: ser un personaje.

Ahí aparece el entertainer: alguien que, además de cuidar el viaje de la pista, tiene que ofrecer un espectáculo, con una historia, una imagen y una presencia que se reconozca desde el fondo de una sala de miles de personas. El curador responde ante la sala; el entertainer responde también ante quien paga por verle. Con los años, la segunda tarea fue pesando más que la primera, y hacia el año 2000, como recordaba la propia DJ Mag, el trance se había comercializado hasta colarse en las listas de éxitos.

Una escalera de peldaños de oro

Un ranking tiene una virtud muy rentable para El Sistema: convierte el éxito en algo comparable y, por tanto, mejorable. Siempre hay un puesto más arriba, una fecha más importante, un escenario más deseable. El filósofo Byung-Chul Han describe en La sociedad del cansancio (2010) una sociedad en la que el rendimiento ya no se impone desde fuera: lo hacemos nuestro y nos explotamos convencidos de que actuamos con libertad. Nadie te obliga a querer más, y por eso cuesta tanto ver de dónde viene ese deseo. Además, las cifras de la industria electrónica llevan años creciendo —el informe del International Music Summit de 2026 las sitúa en 15.100 millones de dólares para 2025—, y cuando el mercado sube, quien no sube con él parece que retrocede, aunque esté exactamente donde quería estar. El clásico yo no voy a ser el tonto que se quede atrás.

Así, hoy esa escalera tiene una forma concreta: contenido, exposición y marketing. Grabar, editar, publicar, responder, mantener la imagen, saber de estrategias. Y si no se tiene agencia de booking, me busco agente que pique puertas por mí. Ninguna de estas cosas es un mal en sí mismo, pero en el momento en el que no tienen un punto en el que se den por cumplidas, pueden comenzar a ocupar todo el tiempo que se les deje. Y terminan ocupando mucho. Y casi siempre lo que queda fuera es lo que nos trajo hasta aquí: buscar discos, mezclar, disfrutar en la pista en lugar de hacer networking. Porque, seamos sinceros, nadie empieza a pinchar soñando con editar vídeos de quince segundos.

Y al final, el precio se paga. En una encuesta de la Pete Tong DJ Academy presentada en Ibiza en abril de 2025 con 15.000 DJs y productores, el 52 % decía haber sufrido ansiedad o agotamiento y el 31 % había pensado en dejar la música en el último año. La muestra viene de usuarios de una academia y hay que leerla con cautela, pero que tanta gente que se dice amar todo esto se plantee abandonarlo nos muestra un dato difícil de ignorar.

Del placer a la losa, paso a paso

Lo perverso del proceso es que no tiene un momento de ruptura. Cada paso se justifica por el anterior: aceptar la fecha porque conviene, publicar porque toca, adaptar el set porque funciona mejor. Ninguna decisión aislada parece un error, y sumadas sustituyen el disfrute por la evaluación constante: cómo ha salido, qué han dicho, cuánto ha rendido. Y cuando el éxito lo define el mercado, el criterio propio se queda sin espacio porque lo que se persigue es lo que se sabe que funciona; se imitan las trayectorias que triunfan; y la pregunta importante —qué es lo que quieres— nunca llega a formularse, porque plantearla requiere parar y pensar en un mundo en constante y endiablado movimiento hacia delante. Por eso, cuando los síntomas comienzan a aparecer —apatía, desánimo, falta de foco, frustración—, no sabemos bien cómo atajarlos porque no vienen de un evento concreto, sino de haber ido sumando metas que nunca elegimos y nos vienen dadas por las dinámicas del sistema.

¿Y tú? ¿Qué quieres tú?

Levan medía el éxito de una noche a ojo y nadie le pedía justificar esa vara con una métrica o un reporte de resultados. Por supuesto, nadie dice que vayamos a volver a eso, pero sí es necesario parar un momento para preguntarnos con qué medimos hoy: qué nos llevó a empezar y cuánto de aquello sigue presente en lo que hacemos; qué tendría que pasar para que dijéramos «con esto me basta» y a quién beneficia que queramos más; y cuánto de lo que hacemos lo hacemos porque toca y no porque lo deseamos. Son preguntas incómodas y es probable que ninguna tenga respuesta inmediata, pero formularlas ya cambia algo.

Porque sí, querer más es legítimo, y vivir de la música también. El problema aparece cuando dejamos de saber por qué queremos ese «más» y quién ha decidido que ese es el siguiente paso. Puede que después de hacerse estas preguntas todo siga igual: más fechas, más público, más dinero. O puede que no. Al menos entonces sabremos que la escalera que estamos subiendo es la que hemos elegido nosotros.