DJs-influencers y otras subespecies: anatomía de una apropiación

Tiempo de lectura: 5 minutos

La figura del disc-jockey-selector como fuente de descubrimiento musical se diluye entre influencers, celebrities y lógicas de mercado, transformando una escena que, nacida como refugio para los márgenes, hoy corre el riesgo de convertirse en un escaparate más del capitalismo cultural.

Hubo un tiempo no muy lejano (hablamos de los 2000 hasta bien entrada la década de los 10) en el que la figura del DJ orbitaba lejos del foco: no era el rostro, sino el hilo conductor; no era protagonista, sino que abrazaba de manera orgánica el papel de médium. Porque su poder residía en la selección y en la intuición; en esa capacidad casi esotérica, chamánica, de los DJs de siempre de leer una pista y moldear la noche desde la sombra, disco a disco. Por el contrario, en la actualidad basta con asomarse a cualquier cartel de festival o club mainstream para comprobar que algo ha cambiado: hoy el DJ ya no solo pincha música, sino que también construye marca, una marca para la que, a su vez, genera contenido y, en no pocos casos, capitaliza una visibilidad que poco tiene que ver con la cultura de la que supuestamente forma parte.

Esta transformación no es casual, pues, como tantas otras veces, el capitalismo ha hecho lo que mejor sabe hacer: detectar una subcultura fértil, absorber sus códigos y devolverlos al mercado convertidos en producto digerible. Y aunque esto no ha sido algo que haya ocurrido de la noche a la mañana, sí es cierto que en los últimos tiempos asistimos a la sublimación del blanqueo. Porque la música electrónica y, por extensión, el clubbing, nacieron como refugio y espacio de resistencia para cuerpos y comunidades expulsadas de lo normativo: personas racializadas, colectivos LGTBIQ+, identidades disidentes que encontraron en la pista no solo un lugar donde bailar, sino donde existir. Así, ciudades como Detroit, Chicago, Nueva York o Berlín no fueron solo epicentros musicales, sino territorios políticos; centros neurálgicos de la lucha contra la norma a través del arte y de la subversión… aunque esa dimensión haya sido progresivamente borrada del relato dominante.

Cuando el valor orbita de la selección musical a la prescripción de marca

Aitana pinchando en su fiesta «Alpha House»

En ese tránsito, la figura del DJ ha sufrido una mutación significativa: de selector a prescriptor; de agitador cultural a influencer. Y no hablamos únicamente de nombres consagrados que han sabido jugar el juego de la visibilidad, modulando su discurso para llegar a públicos más amplios (eso ha existido siempre, en mayor o menor medida), sino de una nueva generación de perfiles cuya relación con la música electrónica es, siendo generosos, tangencial. Celebrities, estrellas de la TV, concursantes de realities y/o influenciadores de manual que, en cuestión de meses, pasan de la playlist de Spotify a ocupar slots en festivales o cabinas de clubs que, en teoría, deberían responder a una cierta curaduría musical.

Casos como el de Aitana o Inés Hernand (por citar algunos nombres recientes) no son anomalías, sino síntomas. Antes que ellas, ya hubo precursoras de esta deriva en figuras como Pelayo Díaz, Gala González o Miranda Makaroff, que desde el universo de la moda y el lifestyle comenzaron a transitar hacia la cabina en una época en la que ser DJ empezaba a convertirse en un complemento aspiracional más que en un oficio. Lo que en su momento podía leerse como un gesto puntual o incluso anecdótico hoy se ha consolidado como tendencia estructural. Conviene aclarar algo: el problema no es quién accede a la cabina, sino por qué lo hace. No se trata de intrusismo en un sentido purista, sino de una lógica de desplazamiento: la banalización de las subculturas y su fagocitación por parte del sistema invisibilizan, cuando no desintegran, el contexto y la ideología que las sostienen y, por ende, a las personas que históricamente las construyeron.

Dicho esto, aquí entra en juego un factor clave: la democratización tecnológica. Nunca fue tan fácil acceder a herramientas de producción y mezcla, como controladoras, software intuitivo o acceso ilimitado a catálogos digitales, que, unidas a una mínima de tempo, bastan para construir un set funcional. Esto, en sí mismo, no es negativo, pues ha permitido que nuevas voces, muchas de ellas históricamente excluidas, encuentren un espacio que antes les era negado de manera sistemática, pero también ha diluido las barreras de entrada hasta el punto de desdibujar la propia de oficio. Cuando todo el mundo puede ser DJ, la pregunta deja de ser quién sabe hacerlo y pasa a ser quién puede venderlo mejor. Y ahí, claro, ganan quienes ya parten con ventaja: capital simbólico previo, comunidad digital consolidada, capacidad de arrastre.

El algoritmo no distingue entre trayectoria y visibilidad, simplemente amplifica lo que genera engagement y potencia el alcance. Así, la lógica del booking empieza a parecerse peligrosamente a la de cualquier campaña de marketing: cuantos más seguidores, más alcance; cuantos más seguidores, más tickets vendidos. El talento, o al menos el criterio musical, pasa a un segundo plano, dando como resultado una escena colonizada por dinámicas que poco tienen que ver con su origen.

La cabina como escaparate de tendencias

El influencer Jonathan Rangel

En esta transformación paulatina, la pista, que antaño funcionaba como espacio de anonimato y comunión, se convierte en una pantalla de exposición constante. El DJ, otrora con los cinco sentidos puestos en la acción, muta en performer consciente de su imagen y, por ende, su sesión en contenido susceptible de ser fragmentado, subido y consumido en diferido. No es casual que formatos como Boiler Room o HÖR Berlin, nacidos con vocación de difusión cultural, hayan terminado contribuyendo, a través del branding, a esta estetización de la figura del DJ: sets pensados tanto para quienes bailan como para quienes miran desde detrás de la pantalla. Lo verdaderamente preocupante no es la presencia de estos perfiles en sí, sino lo que desplazan, porque cada slot ocupado por alguien cuya principal cualidad es su capacidad de generar tráfico es, inevitablemente, un espacio menos para artistas cuya vocación es esa: el arte. La consecuencia es la sustitución del proceso por el impacto inmediato, del recorrido por la visibilidad instantánea.

Así, llegados a este punto, del artículo, de la escena y de la vida, la cuestión no es tanto si la figura del DJ se ha influencerizado, sino si la escena está dispuesta a aceptar esa transformación como inevitable o a cuestionarla desde dentro. Porque si algo nos enseña la historia de las subculturas es que ninguna permanece intacta, pero tampoco desaparecen sin dejar rastro: se transforman, se repliegan, mutan. Por eso, la pregunta sigue siendo necesaria, precisamente porque incomoda: ¿queremos una cultura de club convertida en escaparate o estamos dispuestos a defender aquello que la hizo necesaria en primer lugar? Porque entre el algoritmo y la pista, entre el contenido y el ritual, todavía queda un espacio, cada vez más pequeño, eso sí, donde la música sigue siendo algo más que un fondo para la foto.